El viernes pasado, una compañera de trabajo sufrió lo que podríamos calificar como una “abducción del sistema” en toda regla, gracias a uno de los ransomware más porculizantes que he visto últimamente.
El caso es que una supuesta aplicación antivirus (llamada, en un alarde de originalidad, “Antivirus Soft“) te informa de que tienes virus en tu sistema. Hagas lo que hagas, termina iniciándose un escaneo totalmente falso que empieza a regurgitar una lista de ficheros y virus totalmente aleatoria. Cualquier otra aplicación que intentes abrir (incluyendo CMD, administrador de tareas, etc.) se abre para, unas décimas de segundo después, ser cerrada y dar paso a un mensaje de “la aplicación $lo_que_has_abierto tiene un virus y tal y cual“.
Finalmente, y en algún momento indeterminado, se termina abriendo Internet Explorer ($DEITY los cría…) con una página para comprar la supuesta versión completa del antivirus, que te permitiría deshacerte del zoo malwárico que pulula por tu bus de datos. Por supuesto, aquel desdichado que proporcione sus datos bancarios, contribuirá a engordar las cuentas de los caraduras que distribuyen este ransomware… y muy posiblemente en mayor medida de lo esperado.
Cuando vi el percal, y tras una intensiva sesión de mofa, escarnio, HA-HA, te-lo-dije-Marcial y eso-te-pasa-por-usar-Windows; intenté ayudarle a deshacerse del bicho, que bastante tiene la muchacha con aguantarnos a diario.
Tras seguir unas instrucciones de eliminación bastante largas, la cosa no cambió, y al final la chica decidió hacer uso de la partición con Ubuntu producto de cuando vino el lobo.
Y es que, para mí, utilizar Windows es equivalente a tener sobre tu cabeza permanentemente una espada de Damocles, que en cualquier momento puede caer. Y cuando eso ocurre, además, en el trabajo, el motivo para no confiar es aún mayor.
